Tierra 616

miércoles, octubre 11, 2006

GIA

Hace poco tuve la oportunidad de traducir un documental sobre Gia Carangi para el Canal Estilo. Este canal tiene una serie llamada: «Las historias reales de Hollywood» que cumple con creces lo que promete su título. Yo a esta tipa no la conocía, aunque parece ser que llegó a tener cierta fama a finales de los setenta e incluso la Jolie hizo una biopic sobre ella. Gia fue una niña abandonada por su madre, fue fan de Ziggy Stardust, asidua del Studio 54, modelo, yonqui, lesbiana y finalmente, víctima prematura –a los veintiséis años– de la enfermedad de los ochenta: el SIDA. Todos los ingredientes necesarios para que el Canal Estilo le dedicara cincuenta minutos de su tiempo. El caso es que en un momento del documental, uno de los hijos de puta que la lanzó a la fama decía estas palabras de ella: «[...] la tragedia de Gia es que no sabía lo que necesitaba. Y las personas así son muy autodestructivas». Cuando lo traduje, no le di mayor importancia. Pero a los pocos días, mi tendencia a superponer planos quiso que aquella frase me persiguiera por las calles del Borne. Entre meadas de gato y restaurantes ecológicos, entre grafittis «antisistema» y boutiques escandinavas, las letras de aquella frase se enmarañaban como un alambre de espinos alrededor de mi cuello. Para cuando quise darme cuenta, el instinto ya me había llevado a tirarme debajo de un árbol en el Parque de la Ciudadela. Era domingo, era mediodía. Sobre mí, un cielo de grafito imponía un discurrir íntimo, casi inglés. Todo dentro y fuera de mí existía plácidamente, sin más. No era armonía lo que sentía, sino más bien equilibrio. No es que cada cosa estuviera en su lugar, era yo el que estaba en el lugar donde tenía que estar. Fue esa sensación de equilibrio la que de repente desenmarañó el alambre de espinos. Y me di cuenta de lo que siempre supe. Me di cuenta de que siempre había estado huyendo de ese equilibrio. Desde que se me negó la sencillez, desde que la sencillez fue algo que tenía que alcanzar, que no se me daba así, sin más, como un domingo cualquiera, descalzo por el parque, desde ese preciso momento, esa sencillez fue algo que no quise tener, algo que no quise ser. Y me partí en dos. Alargué los brazos para alcanzar los extremos de mí mismo, no para reconciliarlos, sino para viajar por esos márgenes (...) de la existencia, de mi existencia. Me iba apoyando en las paredes de mis deseos, dejando que el pasillo central me atravesara, es decir, que lo atravesaran los demás, que atravesaran mis deseos y siguieran de largo. Porque como Gia, yo tampoco sabía lo que necesitaba.

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