Tierra 616

viernes, octubre 06, 2006

MEMORIA DE PEZ

En términos de psicología, yo era el conciliador. Tenía todos sus atributos: eran atento, sensible y condescendiente. Estaba por los demás y me anticipada a sus deseos. Ratificaba sus mediocres existencias negando la mía. Mi nivel interior era: «Nadie me quiere porque ni siquiera yo mismo me quiero. Espero, al menos, hacer más agradable a los demás esta vida de la que yo nunca llegaré a participar». Que escriba esto significa que aún me acuerdo. Que, por mucho que me empeñara en olvidar quién era, siempre hay algo, siempre hay alguien, que te lo recuerda.
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Un ejemplo, por ejemplo. Esta mañana, tras una frugal jornada de trabajo, me he acercado a mi nuevo gimnasio. Es una de las ventajas de trabajar en casa. No tengo que fichar, no tengo jefe, no llevo uniforme (a veces no llevo nada en absoluto), y entro y salgo cuando me place. Como no creo en el dolor físico autoinfligido, mis esfuerzos en el gimnasio son muy poco frecuentes. Normalmente me limito a correr y a nadar, actividades totalmente inocuas, a menos para todo aquél que no se meta un paquete diario entre pecho y espalda. Y hoy, tocaba nadar. Para quien no lo sepa, las piscinas cubiertas son foco de infección, de relatos eróticos y, al menos para mí, de un puro y desinteresado placer. El mero hecho acudir a un recinto en medio de la ciudad, haga sol, llueva o nieve para sumergirme en aguas clorofilizadas a temperaturas controladas me llena de un gozo que hasta el día de hoy había sido secreto.
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El caso es que precisamente hoy, al cabo de unos cuantos largos, cuando me estaba acercando al final de la calle, al sacar la cabeza para respirar, le he visto. Aunque sería mejor decir que mis ojos embutidos en unas gafas plastificadas han alcanzado a ver sus piernas. Eran unas piernas fornidas y peludas que, aparte de la capacidad de asentarse con una determinación envidiable sobre el traicionero suelo de las piscina, nada tenían de especial. Eso fue todo lo que pude ver de él antes de volver a meter la cabeza en el agua y dar media vuelta. No vi nada más, pero sí que lo olí. Y ese olor me retrotrajo a unas coordenadas más precisas de lo que podría hacerlo cualquier otro olor.
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Llegados a este punto, sería menester remitirme a uno de los primeros posts que escribí en este blog, en el que aludía sucintamente a mi especial relación con el mundo de los olores masculinos (...). Y es que, el que yo no use colonia no me hace inmune a los accesorios odoríferos de mi mismo sexo. Y de entre todas esas exhalaciones artificiales, las lociones para después del afeitado son las que más hondamente penetran en mis fosas nasales. No hablo de aftershaves, sino de esas lociones que usaban los hombres españoles antes de que les arrebataran su nombre y que tienen mucho que ver con costumbres otrora elegantes y varoniles salpicadas de brochas de barbero, cuchillas protolíticas y camisetas de hombreras. Mi abuelo las usaba, mi padre las usaba y, al parecer, este jubilado de piernas fornidas y peludas también las usaba. Está aún por descubrir, sin embargo, el motivo que empuja a nuestros jubilados a acudir a su cita con la gimnasia submarina embadurnados en ellas, aunque me aventuraría a elucubrar ciertas hipótesis sobre los estragos que tan bella, que no tierna, edad causa en las sudoraciones corporales y las ilusiones de un entrañable apareamiento geriátrico.
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Sea como fuere, la presencia de las lociones en las piscinas cubiertas es un hecho que suele pasar inadvertido para espíritus poco sensibles, pero que a mí me llena de sentimientos contradictorios. A medida que el jubilado de piernas fornidas y peludas se sumergía en mi calle, el ámbito de su fragancia se iba extendiendo exponencialmente a todas las demás, como en un intento de marcar su territorio frente a las cuatro féminas septuagenarias que se apostaban en las esquinas de la piscina en actitud algo frívola y con unos gorros de baño muy coquetos. Y mientras yo seguía sumergido, intentando no tragar esa agua -que para entonces inevitablemente había adquirido un abrumador sabor a loción- no podía dejar de proyectar en mi mente esa escena tantas veces repetida en mi infancia en la que, cada vez que se oyen las llaves abriendo la puerta de la casa, se ve a un niño que se echa a correr por el pasillo para abrazar a su padre a la vuelta de un duro día de trabajo y se lanza hacia él para que lo coja en brazos y poder reconocer ese olor familiar y, sobre todo, reconfortante.