Tierra 616

miércoles, octubre 25, 2006

SIEMPRE ES TARDE

La ingenuidad es algo que algunas personas no pueden permitirse. Muchos la pierden paulatinamente, a medida que la vida les va dando motivos para desterrarla de sus vidas. A otros, por el contrario, se la arrebatan de un solo golpe exterminador. Pero existe una tercera clase de personas.
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Cuando aquella mujer le dijo a su hermana «Nunca es tarde», descubrí cuál era esa tercera clase. Cuando aquella mujer pronunció esas palabras, la mirada de su hermana, de Gloria, dejó ver un dolor distinto, un descreimiento imposible de entender por los demás, un pesar del que –sabía– no merece la pena hablar. Una vida perdida de antemano pesa mucho. Más de lo que nadie puede imaginar. Es un peso que aplasta el corazón, que arrastra nuestros pasos y los despoja de sentido. No hay motivos que nos destierren, no hay un solo golpe que nos extermine. Todas y cada una de las cosas que se experimentan se convierten en un recordatorio constante de ese abrumador pesar que lo invade todo, que una vez presente, ya nunca desaparece.
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Cuando aquella mujer le dijo a Gloria «Nunca es tarde», lo único que ella pudo ofrecer como respuesta fue un comentario vacío, sin contenido alguno, una de esas frases que llenan los huecos que no merece la pena rellenar. Preferimos sufrir en silencio porque pensamos que no merece la pena mostrar nuestro dolor ante los demás. Porque creemos que sería en vano, porque ya no somos tan ingenuos como para pensar que cambiaría algo. Porque, en definitiva, ya es demasiado tarde. Al menos para Gloria y para muchos otros que, como ella, arrastran sus pasos por una vida de la que sólo ansían desaparecer, quitarse de en medio, dejar de sentir ese pesar que se ha convertido precisamente en eso, en su vida. Que ha habitado sus noches y sus días, que los ha ocupado por completo hasta expropiar a sus legítimos dueños, hasta excluirlos de sus propias vidas. Que les ha impedido amar y ser amados, sentir y ser sentidos, vivir y ser vividos.
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La ingenuidad, en estos casos, sólo puede ser autoengaño o estupidez. El sarcasmo y la ironía de algunos de los entrevistados en este documental (...) sólo puede llamarse autoengaño. Las palabras de la hermana de Gloria sólo pueden considerarse estupidez. Pero Gloria no se puede permitir ninguna de las dos cosas. Ella, según dijo, sólo hubiera querido tener una vida «más normal». Algo que para ella sencillamente significaba una vida habitada por sí misma. Pero para eso ya era tarde. Siempre es tarde.