Tierra 616

martes, noviembre 21, 2006

EPÍLOGO

Lo necesitaba. Supongo que todos lo necesitamos. Es una forma de distanciarse de lo vivido. Quizá hasta de tomar conciencia de ello. Yo hasta hace poco tenía la fea costumbre de construir el sentido de éste o aquel pedacito de mi vida a partir de epílogos. Es lo que tiene medirse por parámetros de ficción, que uno acaba construyendo bonitas mentiras a medida de nuestras delicadas sensibilidades. Puro lujo imagénico que decora nuestro armazón perceptivo. Mi armazón, en este caso, se apropió de una maquina tragaperras que no dejaba de lanzar destellos uniformes desde el otro lado de la habitación enmoquetada. Todos mis seudópodos estéticos, mermados por la galopante resaca y el cansancio acumulado, se arrastraron por los engarzados cuadrangulares de la moqueta que se extendía ante mí con una miríada de colores púrpuras y anaranjados, preludio inevitable para la igualmente inevitable existencia de una máquina tragaperras en la sala de espera de la puerta de embarque dos del aeropuerto de Liverpool. Yo hasta hace poco, decía, hubiera forjado un bello andamio de casualidades y destinaciones eternas en las que el azar combinatorio del mencionado artefacto y la puntillista segregación milimetrada de la base sobre la que éste se asentaba darían a luz un breve encuentro lleno de significado tan sólo apreciado por mi exquisito entendimiento, que volaba a unas alturas ignotas en el emplazamiento aeroportuario en el que me encontraba. Pero ya no. Ya no trato de darle sentido a todo aquello. Porque sería una superchería innecesaria, porque de alguna manera ya he derrotado al ideólogo que llevo dentro. Y mis epílogos ya han dejado de tener significado alguno, ni siquiera el que les da la Real Academia de la Lengua Española. Mis epílogos ya no son ni recapitulaciones ni consecuencias. Ahora son ventanas abiertas al futuro.