Tierra 616

domingo, diciembre 17, 2006

SATORI

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miércoles, diciembre 13, 2006

EL DEDO ROTO


No es pánico a la gente, eso lo superó cuando acabó la adolescencia. Tampoco es arrogancia, esa la tuvo justo después, no fue más que un efecto secundario del mencionado pánico, y a pesar de su gravedad, la medicación la hizo remitir hasta CASI desaparecer. Hay que descartar la timidez y el autismo como agravantes, de ésos sólo queda cierto tartamudeo que se manifiesta única y exclusivamente en los momentos más inoportunos. En cuanto a los complejos físicos, casi todos eran meramente sintomáticos, nada que una cura de adelgazamiento inducida por el estrés y acompañada de un programa de visitas al gimnasio no pudieran paliar. La represión sexual tampoco va a ser. Según la historia, el tratamiento para eso ya se inició hace unos años con unos resultados iniciales poco alentadores debido, en gran parte, al rechazo del organismo a la medicación; no obstante, y tras probar con distintos tipos de pastillas, jarabes, hormonas y supositorios, por fin se empieza a apreciar cierta recuperación en el sistema inmunológico [nota escrita a mano: aumentar la medicación y observar progresos]. La falta de afecto fue diagnosticada hace relativamente poco tiempo, pero parece que ha podido atajarse a tiempo y no hay peligro real para la vida del paciente. El trauma familiar no puede considerarse como causa de la patología, pues el propio paciente ha manifestado a lo largo de los últimos meses una estabilización de los niveles de bilis y de glucosa que invita a la esperanza. Por todo ello, y por la presente, el equipo médico da fe y certifica que el estado de salud del paciente es estable y no hay riesgo de complicaciones inmediatas. En cuanto al origen de la referida sintomatología, nos vemos obligados a hacer patente nuestra más sincera perplejidad, ya que no encontramos causas razonables para ofrecer un diagnóstico satisfactorio. Al no formar parte las adicciones del presente cuadro clínico, tan sólo hacer constar que sería recomendable rebajar las dosis considerablemente, si bien aún no se ha fijado fecha para ello [otra nota escrita a mano, ésta ilegible]. Asimismo, en el apartado de observaciones cabría destacar, como curiosidad, una recurrente hipocondría que ha dado lugar a afecciones neurológicas como la bulimia existencial, el desdoblamiento de la personalidad, la sinestesia y una notable tendencia al escapismo emocional, fruto todos ellos de una persistente negación de la realidad cercana; a este respecto, quizá sería interesante probar la terapia personalizada para descartar el factor psicosomático. Lamentablemente, al no ser ésta una de nuestras especialidades clínicas, nos vemos obligados a desistir de esta vía de investigación. Así pues, y llegados a este punto, el equipo médico, tomando en consideración los motivos expuestos anteriormente y sin nada más que añadir, pone en conocimiento de las autoridades clínicas y de la sociedad civil que el paciente, a saber, el dueño y señor del presente blog, es apto para incorporarse a la sociedad sin perjuicio para ésta ni para el propio paciente.




lunes, diciembre 11, 2006

TE CREO, ES DECIR, ME CREO

«Violet y Sebastian esculpían cada día como si fuera una obra de arte.» Siempre me inquietó esa frase, pronunciada por la Hepburn en Suddenly Last Summer. Ayer por fin, esa inquietud cristalizó. Yo siempre he sido agnóstico. Nunca he creído ni en Dios ni en nada que se le parezca. No creía en nada ni en nadie. Ni siquiera en mí mismo. Ya dije hace algunos posts que la falta de fe no suele ser fruto de la casualidad. Ayer me di cuenta de una de sus consecuencias, de sus frutos. O más bien, de su falta de ellos. La muerte de Dios, la relativización de los pilares culturales, la desfragmentación del sujeto... todo ello nos obliga a dar un paso atrás para ver las cosas con perspectiva. La defensa ante ese retroceso intelectivo suele ser la ironía. Pero la ironía no es una postura en sí misma, es un mero retroceso. Por eso no es estable. Para encontrar la estabilidad, es necesario desechar la ironía. Ayer, sentado en medio de la nada, contemplando las montañas, volví a sentir esa estabilidad. Pero también sentí una urgencia nueva, una premura tibia, un placer suave que miraba hacia delante. Nada que ver con mi recurrente bulimia existencial ni con mi tendencia a la proyección astral. Se podría decir que era algo parecido a lo que sienten los actores antes de salir a escena. Ese primer paso, siempre había intuido, no era más que cuestión de fe. Ayer, por fin, obtuve la confirmación. Supongo que no me queda más remedio que decir aquello de: «Dios mío, no creo en ti, pero ayúdame».



miércoles, diciembre 06, 2006

NO DECÍA PALABRAS

ACERCABA TAN SÓLO UN CUERPO INTERROGANTE
PORQUE IGNORABA QUE EL DESEO ES UNA PREGUNTA
CUYA RESPUESTA NO EXISTE,
UNA HOJA CUYA RAMA NO EXISTE,
UN MUNDO CUYO CIELO NO EXISTE.




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martes, diciembre 05, 2006

INGRAVIDEZ

Que sí, que son un poco gayers y todo lo que queráis, pero tienen su punto.







* Como ya se me ha roto la radio (al mes de comprarla) mientras voy a quejarme para que me la arreglen, os dejo la tele puesta.

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BIFURCACIONES

Las mejores historias nunca deberían haber pasado. Muchos de los momentos que recordamos con una mayor viveza son fruto de una serie de dislocaciones, torpezas y desencuentros cuya fortuna no puede medirse sobre papel cuadriculado. Andamos por el mundo siguiendo renglones más o menos rectos, pero de vez en cuando, casi sin querer, nos apartamos de la ruta prevista, arrastrados, casi siempre, por el vértigo. Un vértigo a estar donde no deberíamos estar, a faltar a nuestras obligaciones, a romper promesas inquebrantables. Un vértigo que arrasa todas nuestras defensas y nos reduce a un único pensamiento puro e incontestable. Un vértigo que nos empuja a traicionar toda una vida por un solo segundo. Por un solo segundo. Pensad por un momento cuándo fue la última vez que sentisteis ese fugaz segundo en la boca del estómago.
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Siempre que llegan estas fechas me acuerdo de una historia que sí pasó. La historia de una traición que invirtió todos los valores que hasta ese momento cimentaban mi existencia. Ocurrió en Island Rockery, en el Regent’s Park londinense. Algún día la contaré.