Tierra 616

lunes, diciembre 11, 2006

TE CREO, ES DECIR, ME CREO

«Violet y Sebastian esculpían cada día como si fuera una obra de arte.» Siempre me inquietó esa frase, pronunciada por la Hepburn en Suddenly Last Summer. Ayer por fin, esa inquietud cristalizó. Yo siempre he sido agnóstico. Nunca he creído ni en Dios ni en nada que se le parezca. No creía en nada ni en nadie. Ni siquiera en mí mismo. Ya dije hace algunos posts que la falta de fe no suele ser fruto de la casualidad. Ayer me di cuenta de una de sus consecuencias, de sus frutos. O más bien, de su falta de ellos. La muerte de Dios, la relativización de los pilares culturales, la desfragmentación del sujeto... todo ello nos obliga a dar un paso atrás para ver las cosas con perspectiva. La defensa ante ese retroceso intelectivo suele ser la ironía. Pero la ironía no es una postura en sí misma, es un mero retroceso. Por eso no es estable. Para encontrar la estabilidad, es necesario desechar la ironía. Ayer, sentado en medio de la nada, contemplando las montañas, volví a sentir esa estabilidad. Pero también sentí una urgencia nueva, una premura tibia, un placer suave que miraba hacia delante. Nada que ver con mi recurrente bulimia existencial ni con mi tendencia a la proyección astral. Se podría decir que era algo parecido a lo que sienten los actores antes de salir a escena. Ese primer paso, siempre había intuido, no era más que cuestión de fe. Ayer, por fin, obtuve la confirmación. Supongo que no me queda más remedio que decir aquello de: «Dios mío, no creo en ti, pero ayúdame».