Tierra 616

martes, enero 16, 2007

HORMIGAS

Cuando era pequeño me aterraban las hormigas. A cada paso temía desatar su ira. Intuía, en una suerte de hilozoísmo panteísta, que matar a una de ellas siquiera por accidente significaría ganarme su enemistad como especie. Así que, de manera casi inconsciente, adopté la costumbre de no pisar del todo en el suelo. Me apoyaba en el empeine, basculaba mi peso de pie en pie, pero nunca pisaba con firmeza, hábito que me acarreó varios trastornos ortopédicos y unos ademanes un tanto mariquitas. Sin embargo, a pesar de todos aquellos equilibrismos imposibles, cualquier descuido fácilmente evitable, cualquier torpeza justamente reprochable, me volvían a poner en el punto de mira de las hormigas. Ellas fingían indiferencia ante mis afrentas, pero yo sabía que mis asesinatos no podían quedar impunes. Y con ese pensamiento me iba a la cama cada noche. Poco a poco, este karma improvisado se vio fagocitado por la espiral psico‑hormonal llamada adolescencia. Mis sueños de culpa empezaron a mancharse de nuevos pecados que iba cometiendo durante el día. Cada decepción paternal, cada derrota deportiva, cada lamento onanista se iba acumulando en el suma y sigue de mi particular descenso a los infiernos. Hasta tal punto llevaba mis flagelaciones que veía una relación perfectamente lógica de causa y consecuencia entre las violentas escenas familiares escenificadas en mi hogar y mis pequeñas faltas privadas. Fue entonces, en ese momento de crisis existencial que son los quince años, cuando las hormigas aprovecharon para servir su venganza. Todas a una, esperaban a la medianoche para subírseme por las piernas y atenazarme el estómago con sus mordeduras. Mis músculos se contraían, mis poros supuraban y mis estigmas se desgarraban. Ni Santa Teresa se retorció tanto. Como el cuerpo humano es una máquina perfecta de adaptación, el mío se fabricó una coraza. Una coraza tan resistente como para resistir las mordeduras de las hormigas. Me convertí en una de ellas. Mi piel se endureció, mi cerebro se compactó, mi actividad se aceleró, silueta se estilizó y mi precisión se precisó. Dado mi entorno social me vi irremisiblemente abocado a ser una hormiga obrera. Fui eficiente, rápido y diligente. Mis pasos, ahora firmes, siempre tenían un rumbo productivo. Fui la mejor de las hormigas obreras, un orgullo para mi raza. Perdí el miedo a las hormigas porque me convertí en una de ellas. Me convertí en mis miedos y los vencí. Ahora sólo espero que alguien me ayude a bajarme la cremallera de este estúpido disfraz de hormiga.