Tierra 616

viernes, febrero 02, 2007

AND WHAT ALICE FOUND THERE

Por fin sé lo que no funcionaba. Aunque hacía tiempo que sospechaba que no me pasaba nada clínicamente demostrable, los síntomas aún persistían. Puesto que mi chequeo médico no había revelado ninguna patología, todo hacía pensar en el síndrome del dedo roto. Desde Navidad vine siguiendo la terapia prescrita para estos casos de hipocondría, pero el malestar no hizo más que agudizarse. Ser consciente de que las pulsiones de dolor provenían de mi mente intensificó ese dolor. No sólo dolía, sino que además la culpa era mía. Pero estaba en un error. El dolor no provenía de mi dedo. Mi dedo está, y siempre ha estado, perfectamente. El dolor provenía de dedos ajenos. De dedos que, hace mucho tiempo, fueron describiendo sobre mi cuerpo dolencias, síndromes y anomalías que, más tarde descubrí, no eran tales. Aquellos dedos rotos que con tanto amor se habían posado sobre mi suave y tersa piel infantil dejaron su huella para siempre. Hoy, por fin, me han hecho ver esas huellas bajo una luz fluorescente, una luz que ha revelado que esas huellas no me pertenecen, nunca me pertenecieron. Aunque hayan marcado mi vida, esas huellas no son mías. Y tengo que borrarlas.