Tierra 616

domingo, marzo 18, 2007

SINGING STAR

Supongo que la culpa de todo es de Andy Kubert. Bueno, de él y de un tal Lobdell que «pasaba por allí». Ellos fueron dos de los referentes (entre otros) con que los marvelitas de los noventa tuvieron que bregar en su sufrida devoción por los muties. Y con «bregar» quiero decir sufrir y padecer mes a mes hasta crear auténticos rituales de flagelación narrativa. Lo curioso fue que, debido al boom comiquero de aquellos años (nada que ver con el actual), las ventas se vieron apoyadas por unos tiernos neófitos en la materia, aún faltos del criterio necesario para rasgarse las vestiduras ante los males que, a todas luces, estaban azotando a la franquicia mutante bajo la dictadura bicéfala de semejantes elementos. Saga tras saga, especial tras especial, entre los veteranos se iban repitiendo las mismas caras de resignación ante aquel despropósito de tórridas y ampulosas viñetas totalmente gratuitas, «momentos tejado» y saltos de cama estilo canesú. Ya no recuerdo en qué momento exacto dejé de comprar cómics, lo que sí recuerdo es que antes de hacerlo, en medio de aquella retahíla costumbrista de andar por casa, tuvo lugar una de las épocas más activas en lo que a mi producción artística se refiere. Espoleado unos inenarrables flequillos al viento y unas descoyuntadas posturas coñette, empecé a dibujar como nunca antes lo había hecho. La premisa: si Andy era capaz de dibujar aquello y recibir dinero a cambio, aún había esperanza para mí. Reconozco que en más de una ocasión ha sido esta premisa un tanto mezquina la que me ha motivado a emprender nuevos proyectos, proyectos que, por otra parte, lamentablemente siempre acababa dejando a medias. Y, si bien es cierto que muchas veces esto se suele achacar a la falta de constancia, ése no es mi caso. No, mi caso es distinto. Mi caso es el de un niño que se pasó media infancia hablándole al cuello de la camisa. Que no era tímido, era «callado». Que ni siquiera podía aguantarles la mirada a los demás mientras les hablaba. Ése era mi caso hasta que la vida me fue mostrando a todos los Andy Kuberts que pululaban por el mundo. Gente sin nada que decir, pero que sin embargo lo decían. El tipo de personas que cortan tu frase elevando su voz por encima de la tuya y luego se quedan calladas pensando lo que van a decir, que normalmente no es mucho. El tipo de personas que quieren su espacio y el de los demás para llenarlo de coñettes y flequillos al viento. Por desgracia Barcelona está lleno de ese tipo de personas, diseñadores, publicistas y noias de voz grave y sentenciosa que tienen la mala suerte de tomarse en serio a sí mismas. No sé, supongo que es cierto eso de que los traductores son somos más anales que orales, que son somos animales de cuarto oscuro, más que de escenario. Supongo que nosotros escribimos el texto y son otros los que lo interpretan. Pero no sé, últimamente estoy comprobando que a veces merece la pena intentar superar el pánico escénico e interpretar nuestros propios textos. No sea que venga un Andy Kubert cualquiera y nos lo llene todo de coñettes.