Tierra 616

lunes, abril 16, 2007

APARICIÓN


«Un día, ya entrada en años, en el vestíbulo de un edificio público, un hombre se me acercó. Se dio a conocer y me dijo: “La conozco desde siempre. Todo el mundo dice que de joven era usted hermosa, me he acercado para decirle que en mi opinión la considero más hermosa ahora que en su juventud. Su rostro de muchacha me gustaba mucho menos que el de ahora, devastado”.»

Éste es el comienzo de la famosa novela de Marguerite Duras, El amante. En ella, la autora echa la vista atrás para observar con extrañeza al ser que era ella misma en su niñez. La naturalidad de sus palabras no parte de ningún supuesto previo, sino que se pega a su personaje tal y como lo hacían las vetustas ropas con que solía ataviarse en su adolescencia, tan impasibles como inexplicables, afirmando su existencia por su mera existencia. Quizá, en su escritura se refleje esa sinceridad inequívoca de la que se sabe derrotada desde un principio, reducida a su mínima expresión, armada tan sólo de su cuerpo y su voz. Como una niña a la que le hubieran arrebatado para siempre las ilusiones y tuviera que vivir sin el amparo que éstas proporcionan, sin la membrana invisible de su cándida protección. Recuerdo que la sensación que me sedujo irremediablemente al leer esta novela tenía algo de lírico, pero se trataba de un lirismo amusical, una quietud sujeta con cuerdas, una intensidad previa al desastre. Era la misma sensación que luego redescubrí en las acotaciones finales del guión de Hiroshima Mon Amour y que, lamentablemente, apenas he encontrado en otras lecturas. Según sus propias palabras, su forma de escribir era «arrojar esa escritura fuera, maltratarla sin suprimir y, como decía, nada de su masa inútil, no formalizar nada, ni velocidad ni lentitud, dejar todo en estado de “aparición”».



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