Tierra 616

martes, abril 10, 2007

A PELO


Así empiezan todas las historias. Las historias que no son historias, que no están pensadas para serlo. Es decir, las anécdotas de las que las historias no son sino su posproducción. Las anécdotas son esa materia imprescindible para la literatura y el periodismo -es decir, para la literatura realista-, sin la cual todo se diluiría en un interminable ensayo euclidiano. La improvisación es un arte a pelo, uno de los pocos artes que, al igual que el flirteo o el jazz, parte de un andamiaje al que mira de reojo con una mezcla de recelo y burla, sabiéndose dueño y señor del escenario. Todo acontecimiento posterior a la improvisación carece de relevancia, no hay segunda mano de pintura, no hay forma de difuminar las líneas marcadas, no hay revisión que valga. Todas las faltas cometidas han de asumirse como parte de la obra, la forma se afirma en sí misma, se revuelca en sus propios errores, se aleja de sus triunfos y avanza en forma de espiral sin preguntarse adónde. Sería aconsejable empezar a escribir las historias de la misma manera que se empiezan, sabiéndose destinadas al error, a la duda, al sinsentido de una pulsión momentánea. Al igual que lo hacemos cada día, sin preguntarnos cómo acabará todo aquello, sin dibujar figuras en el cielo que guíen nuestro rumbo ni dar forma a mitologías superpuestas desde la proa de un barco que no va a ninguna parte, sino que simplemente va.

«Pues para Gombrowicz el combate capital del hombre se libra entre dos tendencias fundamentales: la que busca la Forma y la que la rechaza. La realidad no se deja encerrar totalmente en la forma, el hombre es de tal modo caótico que necesita continuamente definirse en una forma, pero esa forma es siempre excedida por su caos. No hay pensamiento ni forma que pueda abarcar la existencia entera [...]. Y esta lucha entre esas dos tendencias opuestas no se realiza en un hombre solitario sino entre los hombres, pues el hombre vive en comunidad, y vivir es convivir, siendo las formas que adopta la consecuencia de esa ineluctable convivencia.»

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