Tierra 616

martes, mayo 15, 2007

MALA PRAXIS

Recuerdo que cuando estudiaba Filosofía en el instituto, me negaba por principio a estudiar la parte que cada uno de los autores del temario dedicaba a lo que los libros de texto llamaban la «razón práctica», o lo que es lo mismo, la moral. Lo mío era más la teoría pura y dura. Y claro, así fue inevitable que en el examen de selectividad de esa asignatura acabara sacando un cuatro y medio. Áquella fue la primera pista que me llevó a pensar que sin la praxis no hay teoría que valga. Como todo juventón, durante mucho tiempo me resistí a abandonar mis ideales (los tuve, aunque no lo parezca), seguí en mis trece, convencido que estaba en lo cierto. Ya se sabe que la arrogancia es la mejor aliada de la fe. Por eso, aunque me sabía el reglamento de memoria, cada vez que tenía que salir al terreno de juego, lo hacía sin haber entrenado, sin la protección adecuada y sin las botas reglamentarias. Nunca tuve espíritu deportivo ni afán de superación. Era, en definitiva, lo que en mi barrio llamaban el «huevo pocho». Y claro, con el tiempo, la falta de práctica fue anquilosando las articulaciones, atrofiando los músculos y oxidando las tácticas hasta tal punto que me llegué a plantear la retirada definitiva. Afortunadamente, como todo buen nerd, cuando uno sale de su entorno adolescente, se da cuenta de que las reglas que le condenaban al ostracismo no se aplican por igual en según qué barrios, que en algunos se las saltan a la torera, que hay muchos en los que jamás han oído hablar de ellas y otros en los que se las inventan sobre la marcha. Yo mi barrio lo dejé hace mucho, pero las reglas que por entonces no lograba cumplir se me grabaron a fuego lento. Supongo que ocurre como con los polvos, que los que no echas son los que más se empeñan en volver a nuestra memoria. Lo que desdeñamos, lo que nos repugna, lo que no podemos alcanzar, lo que jamás conseguiremos, todo aquello que no hacemos, no desaparece de nuestro imaginario, es su reverso lo que queda impreso en nuestra mente. Es como mirar la espalda de la persona que no somos. Yo llevaba tanto tiempo mirando esa espalda que no soy yo, que había dejado de saber lo que, de verdad, era yo. Afortunadamente, siempre hay algo, siempre hay alguien que te lo recuerda, que pone las cosas en su sitio y que, con sólo tocarte, ordena tu mundo sin necesidad de ninguna regla. Te enseña que no hay manera de hacer mal las cosas, sólo de hacerlas o no hacerlas. De no quedarse a medias.





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