Tierra 616

domingo, septiembre 02, 2007

FUERA DE LUGAR

Siempre me fascinaron los multiformes, he de admitirlo. Eso de poder ser una persona que no eres es una tentación demasiado grande como para no caer en ella, aunque sea a través de los canales de ficción habituales. No hay que echar mucho la vista atrás para recordar el Malkovich de Kaufman, las usurpaciones de Auster o a la mismísima existencia de las gemelas Olsen, verdadera avanzadilla de la invasión skrull en la Tierra. Al margen de los siempre aburridos juegos entre persona y personaje, la suplantación de la vida ajena es un pozo inagotable de morbo del bueno. No del morbo sexual que nos puede dar una nariz demasiado pronunciada, unos pezones demasiado grandes o un trasero demasiado peludo. No, me refiero al morbo de lo desconocido, la zona negativa a la que nadie accede a menos que se convierta en John Malkovich o en Ashley y Mary-Kate. Lo que mola es aprender del otro todo lo que no nos cuenta: todos sus tics, sus retorcidos quiebros de cadera, el disonante crujir de sus dedos, el rebervero de su voz, la pululosa textura de su lengua, el sabor acre de su sudor, ese dulce escozor en la entrepierna... todos sus ángulos muertos. Este sublime ejercicio de transformismo es el único que nos puede ayudar a entender cómo funciona el otro, aquél que no somos nosotros. Hay que intentar hacerse el otro, sabiendo que eso es imposible. Es la única manera de alcanzar ese lugar a medio camino que no es de nadie, la intersección de los conjuntos, la diferencia de significados entre términos equivalentes en idiomas irreconciliablemente distintos, el puente que Oliveira le tiende a Traveler, la mirada de Juarroz, el día y medio en Hiroshima. Todos y cada uno de los ángulos muertos que sólo un skrull puede habitar. Y es que ser skrull tiene que molar (sí, ya me he vuelto a enganchar a los cómics, pero todo es culpa de Bendis).



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