Tierra 616

jueves, septiembre 20, 2007

Historias vendo y para mí no tengo (vol. III, 1 de 3)

Pues resulta que yo no fui el único que fue solo a ver X-Men 3 al cine.
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Exactamente un año después de su estreno, conocí a otra persona que, como yo, se propuso ver sufrir a Jean Grey más allá de la muerte en la soledad de los incomprendidos. Y, por supuesto, acabamos en la cama. Pero eso fue después de pasar una inolvidable noche de cervezas por el Raval y orinar por las calles del Eixample, de besuquearnos por las esquinas de las iglesias presbiterianas y de compartir el rosado de la Champanería sobre la arena de la Marbella hasta decirle adiós a la Noche de San Juan.

Eso fue, además, a finales de junio, justo antes de bajar a Madrid. No es mucho tiempo, pero parece que haya pasado una eternidad. Según aterrizaba mi avión, ya estaba JC calentando motores para empezar lo que marcaría oficialmente el comienzo de mis vacaciones estivales: el Orgullo o Europride (primero en español). Cuatro días y cuatro noches de encuentros, reencuentros, juntismos, separatismos, orines, ron y mucha marica malfollá, en el buen sentido, entiéndase. Ah, y el churrero, claro. Baste decir que, con lo que yo soy, anduve la mayor parte del tiempo descamisao por las calles y me llamaron de todo, hasta osito (¿en serio?). Aunque hubo quien acabó peor, doy fe.

Sin dormir y trabajando a destajo hasta el último momento (aunque por causas nobles), así me encaminé hacia las playas de Huelva con toda la familia, con un par de aletas y un libro de Chomsky. Reflexionando sobre esas dos semanas de convivencia familiar, lo cierto es que no fue nada mal: pocas raciones de reproches paternos y muchas de jamón de Jabugo, todo regado con buen vino y playas llenas de familias de la nueva España rica.

De vuelta a Madrid, más terrazas con cerveza helada y fritanga de barrio, sórdidos garitos llenos de curritos con los veranos hipotecados (miedo me da pensarlo), salivas malgastadas en chicos equivocados, maltratadores, cumpleaños, más terrazas y la visa echando humo.
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El caso es que durante todo ese tiempo, como me prometí a mí mismo, no llamé a Josh (el chico que vio morir a Jean Grey). Porque no era cuestión. Porque estaba en la otra punta del país y porque en verano no hay que echarse novio. Pero sí que pensaba en él. No sólo por los motivos obvios, sino por otros que, echando la vista atrás, se me hacen mucho más inquietantes...

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