Tierra 616

martes, octubre 16, 2007

Historias vendo y para mí no tengo vol. III (3 de 3)

¿Seguro que él no lee mi blog?

Bueno, tampoco es que me importe. Uno no es lo que escribe, ni lo que dice, sobre todo si se describe o se desdice a cada paso que da. El caso es que los blogs nunca son iguales. No digo iguales a los demás. Digo iguales a sí mismos. No son como esas series que, pase lo que pase en un capítulo, el siguiente siempre partirá de la misma premisa inalterable. En los blogs no existe ese sacrosanto status quo. Los blogs no tienen línea editorial, ni falta que les hace. Los blogs mutan, como las personas que los escriben. Y yo, como buen blogger, también soy un mutante. Antes de llegar a Barcelona, por ejemplo, mi no-historia con mi héroe podría haber sido motivo de una elaborada teoría cosmogónica sobre el continuo espacio-tiempo sostenida por atados y chinchetas de un extremo a otro de mi habitación zen. Hoy no. Hoy tan sólo me sirve para centrar el foco sobre mi figura desnuda en el escenario, mirar a la cámara y dejar caer el tirante del sujetador con la sordidez de una profesional mientras relato mis últimas horas con él.
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Como digo, los blogs mutan, pero también respiran. Y es que, curiosamente, justo entre la segunda entrega de esta divino-saga y la que en estos momentos escribo, mi héroe volvió a asomarse a mi ventana, tímido, pretendidamente inocente, lleno de un candor tristemente engendrado. De ahí los necesarios entreactos. Y es que, por vez primera, me había propuesto escribir una historia cuyo final no conocía de antemano. Sabía que los acontecimientos que se desarrollaran después de esa segunda entrega no dependerían de mí. Podrían o no producirse, pero en este último caso -eso era seguro- no habría tercera parte. De hecho, no habría nada más. Mi blog estaba en suspenso hasta la vuelta de mi héroe. Le esperaba, aunque él no supiera que le esperaba. Y digo que es curioso porque, incluso sin él saber que le esperaba, acudió puntualmente a su cita. Lo más preocupante es que yo le recibí con toda la naturalidad del mundo, como si su regreso hubiera estado pactado desde el primer momento. Fue entonces cuando me confesó lo que yo venía insinuando en mi particular serial ciberfónico: que tenía miedo; miedo de comenzar, de experimentar, de querer más. Uno ya es perro viejo y sabe de sobra que esos argumentos son moneda de cambio habitual cuando uno quiere deshacerse de un rollo demasiado pesado. Pero, en su caso, estaba convencido de que era la triste y dura verdad. Y lo estaba porque, aunque mi héroe es diez años mayor que yo, hemos llevado trayectorias paralelas. Tanto es así que adivinaba que su miedo a avanzar nacía de otro miedo más voraz, casi cerval: el miedo a perder su sitio, el vértigo de llevar una existencia precaria, de prestado, sin derecho al suelo que pisa. Ese miedo a perder lo poco que uno tiene es el que paraliza las ilusiones y poco a poco nos hace esclavos de nuestros pequeños habitáculos. Nuestras más nimias posesiones se convierten en señas de identidad, nuestras costumbres se erigen como impenetrables murallas y nuestras debilidades se ensalzan como las virtudes de un mártir.
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El caso es que quedé con él y de nuevo, al primer beso, fue como volver a casa. Y eso fue lo que hicimos, volver a mi casa y jugar a los cíclopes hasta amoratarnos. Porque al final resultó que nuestras trayectorias no eran del todo paralelas sino que en un momento dado, quizá esa última noche, nuestras líneas tenían que acercarse poco a poco hasta tocarse, hasta sentir esa irrigante fricción de los rumbos cómplices que se cruzan y que, durante unos segundos, unos minutos, unas horas, unos meses, se miran sin tener que mirar, se escuchan sin tener que escuchar y se leen sin tener que leer. Así que, bien pensado, me da un poco igual que mi héroe lea o no mi blog, porque dentro de poco ya no será mi blog, porque si en algún momento le da por leerlo, yo ya me habré alejado de su trayectoria espacial, ya habré mutado de forma y quizá ni estaré allí ni seré yo. Sólo espero no ser como mi héroe.

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