Tierra 616

viernes, noviembre 16, 2007

ESTE BLOG

seguirá existiendo como existen las estatuas y los libros, ajeno a la descomposición y a las guerras. Este blog se deja violar. Aprende del dolor que lo engrendó. Repite los errores que lo fueron nutriendo. Este blog es una cáscara. No miente, pero ya no dice la verdad. Ahora hace la calle por Madrid.
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J.

domingo, noviembre 04, 2007

UNA CANCIÓN DE DESPEDIDA

Momentánea, o mejor, indefinida, quizá hasta inmotivada, pero la vida me reclama.

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GALERÍA DE VILLANAS: 5 DE 5

Los villanos han de caer derrotados a manos de los héroes. Todas las historias terminan así. Y ésta no es una excepción.

Ya desde los primeros relatos ontológicos, los cronistas daban cuenta de cruentas batallas, se extendían en escabrosos detalles cuya finalidad, más allá de la mera recreación épica y gallarda, era la ejemplar deposición de un régimen, ya sea político, castrense, religioso, social o moral para instaurar otro. El bien se imponía al mal. Antes incluso de la clásica concepción tripartita de los actos escénicos, las epopeyas ya proponían un estado de las cosas, un statu quo post bellum, un fin último al que aspirar. Se trataba, en definitiva, de un dogma, una fe cuya aceptación y credibilidad dependían del argumento que se le brindase. Así pues, la tarea de las crónicas, más que narrar la sucesión de los hechos acontecidos, era la de fabricarle a la fe un origen, es decir, una causa eficiente.

Al igual que el poder de los antiguos emperadores procedía, según la leyenda, de los propios dioses, de la misma manera, la Iglesia cristiana o los propios Estados Unidos fundaron su imperio del terror al amparo de ideales superiores. Si se piensa, no es tan descabellado. Aún hoy en día, a pesar del recelo ideológico surgido tras las guerras del siglo pasado, las fábulas creacionistas siguen gozando de gran éxito. Y aún hoy en día, resulta evidente que cuanto mayor es el esfuerzo por consolidar la credibilidad de unos ideales, sean cuales sean, menos reales suele ser éstos. Como ya apuntamos anteriormente, toda narración tiende al dogmatismo, y es en su final feliz donde éste cristaliza. En las crónicas bélicas grecorromanas, por tomar un ejemplo que ha servido de modelo para gran parte de la narrativa occidental, para rubricar la victoria ideológica de la realidad política, castrense, religiosa, social o moral propuesta era imprescindible que el villano –representante máximo del régimen avieso y malvado– caiga derrotado a manos del héroe.

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Sólo hay una manera de que el villano venza al héroe: que su derrota sea injusta. Por eso ella ostenta el número uno en esta galería de villanas. Porque en su derrota, ella fue la única que consiguió vencer a sus adversarios.
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1) Asami Yamazaki
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«Kiri, kiri, kiri.»

Actriz: Eihi Shiina

Película: Audition, 1999, dirigida por Takashi Miike
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Sólo ella, la pequeña y frágil Asami, podía ser nuestra villana preferida. No por responder al perfil más exquisito y refinado de maldad cinematográfica, sino por, aun sin proponérselo, haber encarnado a la más heroica de todas las villanas. Por ello su destino es, también, el más trágico de cuantos han pasado por aquí.

Porque, como ya hemos visto, toda villana, para tener derecho a ese nombre, ha de tener un pasado cruel, una herida sin cerrar que la empuje a lanzar sus esputos de rabia a diestro y siniestro. Ya sea a través del
bullying más insidioso, del más retorcido de los planes, de burdos matones o de la mera automutilación, las villanas se proyectan hacia el presente como verdaderas fuerzas de la naturaleza. Su venganza contra el mundo es imponderable, no presenta fisuras, se manifiesta en cada uno de sus actos hasta hacer de ellas un mero instrumento para su consecución. Se podría decir que su venganza las alimenta de la misma manera que ellas alimentan su venganza.
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Si atendemos a estos parámetros, el caso de Asami sería el epítome de los orígenes villanescos. Maltratada y violada desde niña, nuestra protagonista aprendió pronto los refinamientos de la tortura a manos de los hombres, que la marcaron física y psíquicamente de por vida. Ante tan brutal ruptura de su desarrollo infantil, no le quedaron más que dos opciones: la resignación, propia del sexo débil, acostumbrado desde siempre a recibir más que a dar, o la pura y simple venganza. Y Asami acertó a elegir las dos. Sabía que en una sociedad como la japonesa, regida por un escrupuloso orden falocéntrico, una mujer joven no tenía más valía que su belleza, que no viene a ser más que una cualidad pasiva, meramente receptiva. Sabía que no podía mostrarse tal como era, que los lastres con los que cargaría ya por siempre no le permitirían el lujo de la inocencia. Y cuando a un niño le roban la infancia, tiene que volver inventársela sobre la base de la mentira, tiene que interiorizar una inocencia que no tiene. Así no es difícil entender que esa reinvención, esa pantomima, no sólo de su infancia, sino de su juventud, acabara por convertirse en un rasgo de su carácter. A decir verdad, en el único rasgo verdadero del personaje que la sociedad le obligó a crearse para sí misma: el de esposa perfecta.

Y ahí es donde su destino se cruzó con el de Shigeharu, un viudo afable y bonachón que andaba buscando de una nueva mujer para llenar el vacío de su hogar. Los problemas de este triste hombrecillo comienzan cuando un amigo suyo le anima a acompañarle a una audición de actrices para allí elegir a su futura esposa. Hasta aquí, el argumento podría pertenecer a de esas comedias familiares yanquis o a cualquier programa de la MTV. Y, de hecho, los derroteros de la historia no difieren mucho de ese acercamiento a priori amable y descafeinado. Al menos, durante la primera parte de la película.

La segunda parte comienza con la repentina desaparición de Asami. Pero la desaparición de la protagonista no es sino su tarjeta de presentación. Es a partir de ese momento cuando, de la mano de Shigeharu, empezamos a conocer a la verdadera Asami. De hecho, a raíz de los reveladores descubrimientos que hace el viudo a medida que se adentra en el pesadillesco mundo de la joven, éste va llenando los silencios incómodos que habían poblado sus circunspectas conversaciones. Poco a poco se nos revela todo lo que el viudo desconocía de su joven pretendida, o quizá todo lo que no quiso escuchar, todo lo que prefirió ignorar para así poder tener a su esposa perfecta, una mujer bella, refinada y obediente. Una vez más, aunque de una manera socialmente más aceptable, un hombre había vuelto a convertir a Asami en un objeto. Y aquello merecía un castigo.

En cuanto a dicho castigo, cuando vi por primera vez la peli, he de confesar, me dio algo de repelús. Sin embargo, con el paso de los años, como en toda peli de culto que se precie, mis actitudes hacia él cambiaron y las motivaciones tanto cinematográficas como argumentales se me aparecieron bajo un prisma distinto, más depurado. La pretendida ambigüedad e irrealidad de algunas escenas fueron cobrando un sentido más allá del desconcierto y las alteraciones químicas a las que se somete al protagonista. Las intenciones tanto del director como de la protagonista se cristalizaron en una lectura mucho más profunda de toda la película, mucho más allá de la simple peli de terror japonés. Creo que fue esa lectura, que intento desgranar en este artículo, la que me llevó a iniciar esta serie de artículos sobre villanas de cine.

Todas las villanas que hemos presentado se distinguían por sus tristes motivaciones, por sus represiones, por las injusticias que han tenido que padecer. Todas han acabado aplastadas por intentar recuperar una felicidad que acaso nunca llegaron a conocer. Todas se han visto marcadas, de una u otra manera, por el hecho de ser mujer, por tener que desempeñar un rol tradicionalmente débil y sin iniciativa en un sociedad que condenaba sus deseos. Pero de todas ellas, Asami es la única que, con su muerte, pone de manifiesto la maldad intrínseca de esa sociedad. Genet decía que el héroe no podía poner mala cara a una muerte heróica, ya que era esa muerte la que hacía de él un héroe. De la misma manera, Asami no puede renunciar a su trágico destino, pues sin él, no vencería a sus asesinos.

GALERÍA DE VILLANAS: 1, 2, 3 y 4.

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