Tierra 616

viernes, septiembre 19, 2008

JUEGOS DEL LENGUAJE

Entre el famoso Tractatus de Wittgenstein y su posterior obra Investigaciones filosóficas transcurrieron más de treinta años en los que el autor tuvo tiempo para hacer muchas cosas: entre ellas desdecirse de su anterior postura filosófica y adoptar una totalmente opuesta. A priori, la principal diferencia entre ambas se refiere a la concepción del lenguaje como medio para dar solución al problema de la filosofía: el primer Wittgenstein proponía un andamiaje de proposiciones atómicas que habían de corresponderse con los hechos del mundo de una manera unívoca, es decir, que para ser válida, una proposición debía poder verificarse en la realidad física; el segundo Wittgenstein, por el contrario, consideraba que el sentido de una proposición estaba determinado por el uso que se hiciera de ella, más allá de que existiese una correspondencia exacta con el mundo real. Con tal conclusión y de manera póstuma, el que fue uno de los pensadores más influyentes del siglo XX supeditó la verdad del lenguaje a su finalidad. Este giro hacia el pragmatismo radical no fue algo aislado en las corrientes de pensamiento del siglo XX que, tras un positivismo filosófico y científico desaforado, empezaban a verle las orejas al lobo. Los pensadores de aquellos años llegaron a dinamitar la infalibilidad de la ciencia y a dar por muerta la objetividad cognoscitiva, sin la cual, toda doctrina racional era susceptible de ser rebatida. Y, como se pudo comprobar a mediados de siglo, cuando lo racional falla, lo irracional no tarda en tomar el relevo. El cauce de los fanatismos encontró poca resistencia cuando los sistemas ideológicos establecidos se vieron cuestionados tanto en lo estructural como en lo coyuntural. Pero no sólo los fanáticos aprovecharon ese quiebro de valores para difundir su palabra, también los mercaderes, en todas sus formas y variantes, supieron ver en la crisis una oportunidad. Poco a poco fue cobrando forma una curiosa amalgama de los valores y antivalores mencionados. Bajo en paraguas de las libertades individuales, cuyo principal valedor era la primera potencia del mundo, los mercaderes tomaron los ropajes del liberalismo clásico y los remendaron a su medida, asimilando las nociones de «propiedad» y «empresa» a las de «libertad» e «individuo». Un ejemplo de esta sustitución de valores se produjo cuando estos mercaderes apelaron a los logros conseguidos en los derechos y libertades civiles por la población negra tras la guerra civil de la primera potencia del mundo para erigir sus corporaciones como «personas» jurídicas y beneficiarse así de todos los derechos por los que se derramó tanta sangre. Una sutil vuelta de tuerca a las fuentes del derecho fue suficiente para lograr que las empresas se liberaran de la esclavitud legislativa del Estado para, a su vez, instaurar su propia esclavitud, esta vez basada en el salario y la plusvalía. Una vez más se demostraba, de la manera más cruda imaginable, que la finalidad de una proposición siempre se impone a su verdad. He ahí la verdadera diferencia entre el primer y el segundo Wittgenstein: el primero trató de describir el mundo con toda la veracidad que le permitió el lenguaje; el segundo, trató de describir el lenguaje con toda la veracidad que le permitió el mundo.