Tierra 616

jueves, marzo 05, 2009

SER O STAR

Parménides estaba equivocado: no estamos aquí para quedarnos. Bueno, tal vez él lo consiguió por eso que llamamos “la inmortalidad” de su obra (que no de su alma), pero a quién queremos engañar, ahora mismo sus restos deben de servir de abono para las plantas carnívoras o los nidos de víboras. Otros, como Napoleón, Hitler o Madonna, también lo han conseguido, aunque su inmortalidad haya dejado guerras, genocidios y productores por el camino. Lo que quiero decir es que, con un solo poema (pues a eso se reduce su obra), ese maldito filósofo se ha perpetuado hasta nuestros días para demostrar una única verdad: que sólo él está aquí para quedarse y que los demás somos tan inestables como las borrascas que nos azotan. Como un virus, Parménides se reprodujo en Platón, que plantó su semilla en el primer cristianismo romano, cuya desembocadura todos padecemos (nunca mejor dicho). Y es que, además de perpetuar su pasión por los erómenos, los pastores cristianos tomaron buena nota del poema del presocrático y se ventilaron a todos los que ponían en duda sus versos, ahora travestidos en párrafos de una novela de espada y brujería. Pueblos murieron, estirpes perecieron, imperios cayeron, pero la antorcha de Parménides siguió ardiendo, inmutable en su constante trasmutación. Su verdad era mentira, pero por eso mismo, su teoría es incuestionable. Parménides estaba equivocado: no es el Ser el que “es”, sino él mismo. Él, como fábula, se convirtió en estrella de su propia obra, es decir, se convirtió en el Ser absoluto. Los demás, como realidad, nos vimos abocados a ser meros figurantes, es decir, a No ser. Parménides estaba equivocado, sólo Hamlet supo ver la verdad.