Tierra 616

martes, abril 21, 2009

LA CUESTIÓN HUMANA

Trabajo en la oficina de Kafka y hoy la cucaracha jefe ha venido a visitarnos. Volcada sobre su monitor plano, dirimiendo el valor de las palabras que las demás cucarachas segregamos, la miraba desde lejos. Eficiente, organizada, enterada de cómo funciona el mundo, arrugada como una pasa de Kentshire. Las cucarachas segregamos una media diaria de palabras que la cucaracha jefe controla escrupulosamente. Si nuestra segregación baja, la cucaracha jefe se enfada. Si, por el contrario, nuestra segregación es mayor de lo esperado, expresa su satisfacción. Si bien la calidad de nuestros efluvios verbales no es la mejor, somos la opción preferida por la inmensa mayoría del mercado, pues la mayoría nunca ha probado otros efluvios mejores. Su desconocimiento es nuestro beneficio. Y eso a la cucaracha jefe también le llena de satisfacción, ya que ella, aunque también participa de ese desconocimiento, participa más del beneficio. Y ésa es una palabra que entiende todo el mundo. Hasta las cucarachas entienden que más en más, y más es siempre mejor. He ahí la calidad. Sólo había que seguir un sencillo silogismo para encontrarla. La belleza de las cucarachas, por su parte, reside en su capacidad para segregar efluvios deliciosos (i.e., palabras, las mejores -las únicas- que has probado) a partir de la peor de las inmundicias (i.e., esta realidad, por ahora también la única que has probado). Son(somos) las cucarachas las que rellenamos esta realidad de palabras que se refieren a ella misma, pero que no residen en ella. Nosotras nunca llegamos a participar de la realidad: nos limitamos a comentarla. Por eso nosotras nunca nos extinguiremos, porque somos metafísicas. Aunque ésa es una palabra que no todo el mundo entiende. Por eso pocos entienden nuestra belleza.